La cuarta generación del MINI (tercera del MINI desde que está en BMW) es más coche, y nada más verlo da la sensación de que está mejor plantado sobre el suelo. No es una ilusión, ya que el nuevo modelo es mucho mayor que el anterior MINI. Tanto, que se nota a simple vista aunque el modelo sigue siendo también reconocible como un MINI a primera vista.

Sin duda, donde más cambia el MINI es en su gama de mecánicas. En el momento de su lanzamiento cuenta con una mecánica diésel 1.5 de tres cilindros de 95 o 116 CV (el del Cooper D, el motor de mejor rendimiento si tenemos en cuenta prestaciones y consumos). La gama de gasolina arranca con el MINI ONE de 1.2 litros y continúa con un 1.5 de tres cilindros con 136 CV y el Cooper S, con cuatro cilindros que rinde 192 CV y que, si te gusta conducir, sencillamente, te enamora. Las modificaciones del chasis, a la reducción del peso y al aumento de la rigidez del nuevo modelo han conseguido que la sensación de conducir un kart sea todavía mayor.
Pero claro, es caro. Ahora, las mejoras de acabados y equipamiento de serie han hecho subir las tarifas entre un 2 y un 3% respecto al anterior modelo. No es demasiado teniendo en cuenta que se trata de un modelo nuevo, que el interior es de mayor calidad… y que está más equipado de serie que antes. Los opcionales están agrupados en muchos casos en paquetes más asequibles, aunque continúan siendo caros.

Además, a pesar del aumento de tamaño, no hay ganado demasiado espacio en las plazas traseras, a las que es también algo complicado acceder y el maletero, aunque mayor, continúa por debajo de sus alternativas. Continúa siendo un coche de capricho sí, pero el anterior también lo era y consiguió vender nada menos que 4.295 unidades en 2013.
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